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Año 1935

Autor: Santiago Carrilero Abad
Estilo: Constructivismo y realismo sintético con un uso dramático de la perspectiva axonométrica.

Atmósfera y Fondo: El fondo es un plano negro profundo que resalta la luminosidad de los elementos centrales. En la esquina superior izquierda, casi fundiéndose con la oscuridad, se observa un reloj analógico estilizado cuyas manecillas marcan las doce, señalando el momento crítico de la cremà.

Planos y Figuras: Desde la esquina superior derecha, una mano humana monumental, dibujada con gran realismo y sombreado, desciende en diagonal sosteniendo una antorcha. La mano parece la de un gigante o un demiurgo que inicia el sacrificio de la ciudad. En el plano inferior, la palabra «VALENCIA» se transforma en un bloque de edificios tridimensionales sobre los que camina el espectador.

Fuego y Luz: El centro de la imagen es una llama bífida colosal que nace del contacto de la antorcha con los edificios-letras. El fuego está representado en capas de color blanco, amarillo y un naranja vibrante que parece emitir calor real contra el fondo negro. La luz del incendio baña las caras laterales de la tipografía, creando un juego de sombras proyectadas hacia el espectador.

Detalles y Arquitectura: Entre las letras que forman la ciudad, emergen hitos arquitectónicos reconocibles: a la izquierda, la Torre del Miguelete teñida de rojo, y a la derecha, las Torres de Serranos con sus almenas características. Estas miniaturas arquitectónicas, situadas sobre la tipografía gigante, refuerzan la idea de una Valencia que es, a la vez, nombre y lugar físico.

Tipografía y Grafismo: La palabra «VALENCIA» es el cimiento del cartel; las letras tienen un grosor masivo y una perspectiva que las hace parecer rascacielos vistos desde el aire. En la parte superior, el lema «Festividad de las Fallas» se funde con el fondo en un tono naranja ocre, con una tipografía ligada y dinámica que imita el movimiento del humo o las llamas.

Santiago Carrilero Abad propone en 1935 una visión arquitectónica de la fiesta. Valencia no solo celebra las Fallas; Valencia es la Falla. Al convertir el nombre de la ciudad en los propios monumentos que arden bajo la mano del fallero, el cartel comunica la entrega total de la capital al fuego purificador. Es una obra imponente que cierra con maestría el ciclo de las vanguardias antes del estallido del conflicto bélico.