El cartel de 1932 es un hito absoluto no solo por su estética minimalista, sino por su trascendencia cultural al ser el primero en emplear la lengua valenciana en su rotulación oficial.
Autor: Rafael Raga Montesinos
Estilo: Art Déco geométrico y racionalista con un uso magistral del aerógrafo.
Atmósfera y Fondo: El fondo presenta un degradado suave y etéreo que transita desde un rojo profundo en la base hasta un negro casi absoluto en la esquina superior derecha. En este espacio flotan grandes esferas o nubes de color salmón pálido, tratadas con una técnica de difuminado que sugiere el humo denso de la pólvora tras una mascletà.
Planos y Figuras: En el plano superior izquierdo, sobresale una farola de hierro forjado de diseño clásico. Su luz es blanca y brillante, con una forma de diamante que irradia claridad hacia el centro de la imagen. De esta farola nace un cable que atraviesa el cartel en una elegante curva descendente hacia la derecha.
Fuego y Luz: La luz no proviene de una hoguera, sino de la farola y del resplandor del fondo. El contraste entre la luz blanca de la farola y el humo rosado genera una atmósfera nocturna pero vibrante. En el cable, cuelgan pequeñas siluetas negras que representan carcasas y petardos (la pirotecnia), elementos centrales de la fiesta.
Detalles y Arquitectura: No hay edificios detallados en esta composición; el autor opta por la abstracción. Sin embargo, en la esquina inferior izquierda, aparece un escudo de la ciudad de Valencia simplificado, donde se reconoce la Senyera (barras rojas y amarillas) y la silueta estilizada del «Rat Penat» (el murciélago) en color negro.
Tipografía y Grafismo: Este cartel es una lección de tipografía. La palabra «VALENCIA» aparece en letras negras, extremadamente pesadas y triangulares, siguiendo el estilo Art Déco más puro. Debajo, el lema «TRADICIONALS FESTES DE LES FALLES» utiliza una tipografía alargada, sin remates, en un azul grisáceo que aporta modernidad y limpieza al diseño.
Rafael Raga rompe con la narrativa figurativa para centrarse en un símbolo cotidiano: la iluminación de las calles y la pólvora suspendida. Al introducir el texto en valenciano, el cartel de 1932 se convierte en un símbolo de identidad y modernidad. Es una obra silenciosa pero potente que evoca el momento de expectación justo antes de que el primer trueno rompa el silencio de la noche valenciana.