Este cartel de 1931 es una pieza fundamental que captura la transición hacia un simbolismo más humano y dinámico, utilizando la figura del fallero como eje central de la narrativa visual.
Autor: José Bellver Delmás y Manuel Diago Benlloch
Estilo: Realismo heroico con grafismo Art Déco
Atmósfera y Fondo: El fondo es un negro absoluto y denso que representa la noche profunda de la cremà. Sobre este vacío, destacan sutiles puntos blancos que evocan las cenizas en suspensión o un cielo estrellado muy lejano.
Planos y Figuras: En el centro, en un plano medio-corto, emerge la figura de un hombre joven de perfil. Su piel está representada en tonos rosados suaves. Lleva un pañuelo azul anudado a la cabeza y una blusa de color verde pistacho. Con su mano izquierda, eleva hacia su boca una gran caracola marina (un «caragol de mar») que sopla con fuerza, simbolizando la llamada a la fiesta.
Fuego y Luz: Cruzando la composición en una diagonal ascendente de izquierda a derecha, una antorcha encendida manejada por el fallero desprende una estela de fuego vibrante. El fuego se compone de pinceladas curvas en rojo bermellón, naranja y amarillo, que crean una sensación de movimiento rotatorio. En la base, una gran masa de humo y resplandor amarillo envuelve la parte inferior de la figura.
Detalles y Arquitectura: Justo detrás del fallero, se erige en un blanco grisáceo la torre campanario octogonal de piedra (el Miguelete). A diferencia del cartel de 1929, aquí la torre está más detallada, mostrando sus ventanales góticos y su estructura rematada en tonos rojizos. En la esquina inferior izquierda, se aprecia la silueta simplificada en color rosa de otras cúpulas de la ciudad.
Tipografía y Grafismo: La palabra «VALENCIA» domina el tercio inferior con una tipografía Art Déco extremadamente geométrica en color negro, donde las letras «A» son triángulos perfectos. Bajo esta, el texto secundario es más fino y alargado, en un negro sólido sobre un fondo amarillo mostaza que aporta estabilidad visual a toda la obra.
El cartel de 1931 de Bellver y Diago sustituye lo grotesco del año 29 por la épica del individuo. El sonido de la caracola y el fuego de la antorcha funcionan como un pregón visual. Es una imagen de despertar; la torre del Miguelete ya no es solo una sombra, sino una presencia clara que observa cómo la juventud valenciana reclama su protagonismo en la fiesta a través del rito del fuego.