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Fuego y Madera: La Génesis de la Falla

En el setecientos, la fiesta no era oro,
era un susurro de barrio, un simple tesoro.
Un acto modesto en honor de San José,
cuando el frío se marchaba y la primavera se dejaba ver.

El día dieciocho, la calle cobraba vida,
al lado de las puertas, una sátira nacida.
Ninots de trapo, de paja y de papel,
exponían las conductas de aquel coronel.

Rumores y noticias, en la voz de la gente,
un juicio de barrio, un juicio valiente.
Con ingenio y agudeza, se burlaban de la moral,
una crítica social, de forma natural.

Mientras tanto, los niños, con gran alborozo,
buscaban trastos viejos, con gran gozo.
Estoretas velletas, muebles carcomidos,
todo lo que ardiera, por el fuego consumido.

Pilas de madera, formando grandes montañas,
preparando el momento, de las fallas, las mañas.
La misma noche, con los ninots a su lado,
el fuego lo devoraba todo, un espectáculo asombrado.

Al día siguiente, diecinueve de marzo, día de San José,
el patrón de los carpinteros, con gran fe.
Misas y procesiones, el culto en la iglesia,
una tradición arraigada, de gran belleza.

Por las tardes, en las casas, la celebración seguía,
con dulces, anís y la alegría.
Josés, Josefas y Pepes, la fiesta no terminaba,
una celebración popular, que a todos abrazaba.

Así nació la falla, de una fiesta de barrio,
un legado de historia, que hoy es extraordinario.
Fuego, sátira y tradición, un reflejo del ayer,
que nos recuerda de dónde venimos y lo que podemos ser.